Teoría del instante

Era una tarde, paspada de una matinal incoherencia que dejaba los abrojos abrazados a la ropa estrenada la noche anterior.
Cayó, en la parte más espinosa y dolorosa del monte; su mente volaba por mil lugares, su cuerpo todavía estaba en la tierra,  se lo hacía notar con punzadas que cruzaban de pies a cabeza, con moretones en su rostro y debajo de la rodilla.
 Los dos gramos de voluntad que le quedaban, los usó para levantarse, y en ese momento sintió que su cabeza iba para un lado, y la mente para el otro, respiró profundamente, empezó a cobrar la compostura.
A diez metros, la primera y unica bicicleta de su vida, amiga de mil batallas, no lo ayudó en esta. Muerta estaba la bestia de fierro, ningún milagro la haría volver a su lado.
Cuando recobró la conciencia por completo, la inmensidad del monte se hizo dueño de su aura,camino tanto, que el cansancio terminó por derrumbarlo de nuevo, antes de cerrar los pàrpados se preguntaba por que era tan grande el monte que solía visitar de chico. Lo conocía como la palma de su mano. Incluso, no encontró el arbol que derrumbo la tormenta del 1900, donde escribió su nombre.
De a poco volvía a cobrar la conciencia, aun en el suelo, empezó a oler la noche, a sentir frío, a soñar con un plato de sopa, extrañaba la frazada con la que se tapaba hasta la cabeza, inclusó con ella sentía que podía escapar del mundo.
Al monte se le habían estirpado los ruidos, nada se oía, los chusmos de siempre decían que las almas que se perdían en ese lugar, no dejaban entrar ningún sonido. Algunos se animaron a escribir un verso" Las almas que entran no salen, vida entra, muerte sale, el monte debora al hombre, su aura vaga con sed de venganza".
Sin ver nada intentó caminar, un paso, luego otro, no lograba ver la luz, tampoco escuchaba nada. Empezó a ponerse nervioso, a maldecir para adentro, por beber hasta el cansancio la botella de whisky que compró el día diez, día de cobro.
La luna brilló una vez, y descubrió como el pelo blanco bajaba hasta sus hombros, las arrugas pedían su lugar en el rostro, una a una fueron acomodandosé, resignadas.
Lejos en el recuerdo quedaban los paseos en bicicleta con sus amigos, la primera vez que hizo el amor a escondidas.
Apenas lograba acordarse de la promoción del Colegio Nacional, dudaba si era abogado o arquitecto. Pensó que iba a llegar tarde al encuentro de su novia. 
Maldición, iba a proponerle casamiento, recordó que iba a darle el anillo, pero luego recordó que ella se había ido, y no de este mundo sino con su mejor amigo.
Sin mas nada que hacer, siguió caminando, juró que solo iba a caer para morir. Mil veces tropezaba, levantaba la cabeza, tenía la impresión de dar vueltas siempre sobre el mismo lugar.
La noche terminó por darle el último golpe. La espina más filosa del monte, traspasó su pecho.Cayó boca abajo, su voz se apagaba, justo tropezó al lado de un par de petalos marchitos.
-A la rosa no se le mueren las espinas-Exclamó
Se convenció a si mismo que había llegado su hora, habían pasado muchos años, y el nunca pudo escapar de ese lugar, los recuerdos de sus padres, del amor, de sus compañeros de colegio, eran difusas, todo era parte de un gran misterio que nunca pudo resolver.
La maldición consumó al hombre. Una vida menos, una anécdota más para los chusmos.
Lo mas preocupante de todo, es que hasta el día de hoy, nadie buscó, ni pregunto por Miguel Fernandez, tenía 35 años. Había sido encerrado en un loquero por sostener la teoría que un instante cabe una vida. 
Quiso exponer en congresos, hablar en escuelas, paraba a gente en la calle, que huía despavorida al darse cuenta que ni pantalones traía. Algunos les pareció gracioso al principio, luego se transformó en patético.
Incluso para su esposa Andrea, que junto al mejor amigo de Miguel, Carlos, decidieron encerrarlo, prometiendolé una corta estadía que se extendió por años.
En su primer día, Miguel observó el monte, le hubiese quitado la vista enseguida si su compañero de cuarto, no le hubiera dicho las historias que contaban los enfermeros del loquero sobre ese lugar. Pero su genio pudo más, y esas historias, hicieron que dos años después, Miguel se fuera, sin dejar rastros.
Todos buscaron hasta el cansancio, la noticia no transcendió demasiado.
Nada se supo de el, lo único que encontraron fue su campera marrón, justo en la entrada del monte del que tantas historias se han creado.






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