Cementerio del alma.
En la entrada oxidada,
allí estaba,
acostada,
sin más abrigo que las estrellas.
Los penitentes pasaban,
dejaban sus lágrimas,
lamía cada una
hasta dejar roja su lengua.
De vez en cuando bailaba,
desnuda al compás del bronce,
algunas veces de plata.
Usaba la tierra para dibujar corazones en el aire,
o bocas perfumadas de la que una vez habló la lluvia.
Pasan los almanaques en la puerta de madera,
pasan las flores,
los lamentos,
las lágrimas;
solo queda el minuto que pasó de uno mismo,
en el mismísimo cementerio del alma.
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