Muros.

Uno atenta consigo mismo,

todo el tiempo,

bebe las espinas de la rosa

claudica ante un suspiro del viento.

Los discursos bastardos se meten por todos lados,

la mente,

el corazón 

las venas.

Simulamos una fortaleza que nunca conquistamos.

No logramos distinguir 

cuál de los dos inventos del hombre 

triunfa por ahora,

Si es dios o su ángel vestido de diablo.

Somos ovejas mansas camino al matadero.

No podemos ir a contramano

por qué nunca dimos vuelta la cabeza.

En vez de apoyar los rostros,

en vez de contarles nuestras penas,

la vida sería más soportable 

si entendemos que los muros nacieron para ser derribados.






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