Alimento.

Lágrimas 

cómo teclas gastadas de un piano,

o cuerdas 

que a punto de romperse 

le regalan al tiempo 

una canción.

Quizás ese algo no fue suficiente,

no sé.

Las alas se dibujan al principio

nunca al final.

La suerte nunca perdonará

ese cristal roto con palabras,

ni dejará de conjugar con su desprecio 

las veces que le di la espalda.

Ni del viento,

ni de las piedras,

ni del horizonte,

ni del amor,

ni del odio 

en sus bemoles.

El olvido toma el último beso 

cómo único alimento.

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