El único Edén.
La tarde tatuó el sol en el horizonte,
con toda la calma
cómo un ajedrecista
mueve las piezas en un tablero imaginario.
Ante mis ojos,
dos moscas peleándose
por un pedazo de carne putrefacto;
lo escupió la luna
en la última resaca de la madrugada.
A los recuerdos,
ciertas veces,
no le quedan más remedios que arrastrarse por el asfalto
para buscar un poco de sombra.
Respiro olvido,
exalo memoria,
el único edén que existe habita en el hombre.
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