Cuento: Sin ambiciones.

 Se levantó, orinó y le dolía. 

Volvió acostarse, se tapó hasta la cabeza, olió las sábanas y una mezcla de olores lo hizo ir al baño por segunda vez. Vomitó hasta el hartazgo, tanto que se tomó el abdomen, pensó que había perdido el estómago. Cuando volvió en sí, se levantó y fue a la cama.

Esta vez durmió hasta adentrada la tarde de domingo. 

En su cabeza intentó armar el rompecabezas del día anterior. Miró el reloj, por un instante sus latidos se fundían con las manecillas.

Viernes, cuatro de la tarde, último día trabajo. Ahí se acordó que estaba desempleado. 

Viernes veintidós horas, con los últimos pesos, fue al bar, llegó a contar cinco vasos de whisky.

De ahí, hasta el domingo era un abismo.

Fue hasta el espejo, ahí vió su pómulo derecho hinchado, miro sus manos, sus nudillos. Volvió el dolor a la altura del estómago.

Nunca había tomado hasta la noche del viernes. No tenía amigos para llamar, no tenía amigos.

Tomó un café, intentó juntar las piezas, no pudo, prendió la TV no tenía cable, no usaba celular, no tenía teléfono fijo. 

Eran las ocho de la noche, cuando sintió el sonido de las sirenas cerca. De pronto tocaban a su puerta, un efectivo le pedía amablemente ir a la comisaría a declarar. 

Les pidió unos minutos, se vistió. Juró que iba aguantar el dolor de abdomen hasta las últimas consecuencias.

Llegó y entró directamente al despacho del comisario. Una vez allí, un hombre alto, flaco y con una barba de pocos días le preguntó por lo que ocurrió en el bar.

No mintió, contó que tomó hasta perder la razón y que no se acuerda de nada más. No supo qué decir cuando le preguntaron por el pómulo y lo rojizo de sus nudillos.

El comisario le pidió que esperara unos minutos afuera, " dónde me metí" pensó para si mismo.

Lo llamaron de nuevo. Lo esperaban con una notebook, le mostraron un video, en la imagen se ve claramente como golpea hasta morir a un hombre, incluso una expresión de satisfacción en su rostro, como si le gustara lo que estaba haciendo.

Justo cuando alguien le estaba leyendo sus derechos, recordó...

Tenía un hermano gemelo, no sé hablan mucho. " Vos sos peligroso, no tenes ambiciones hermano querido", le dijo una vez hace tiempo.

En esa noche se juntaron de casualidad, en ese bar. Hablaron poco, Miguel se fue por una seña que alguien le hizo, ahí recordó que el vestía de otra manera.

Nunca supo cómo apareció vestido como su hermano, nadie le contó que cuando estaba borracho, después de que pelearán,  lograron cambiarle la ropa y llevarlo a su casa. 

Era Miguel, su hermano gemelo. El más histriónico, el más ambicioso, el orgullo de los padres, el que quería tener todo el poder, por eso no le alcanzó con ser abogado que quiso más e incursionó en el tráfico de drogas.

Ariel podría haber dicho todo esto, podría haber dado una explicación, datos, pero guardó silencio.

Nunca le creerían, no conocía hasta donde llegaban las influencias de su hermano...

Ariel era un escritor fracasado, un ex empleado. Nunca gritó sus miedos, sus deseos y eso lo mantuvo encadenado. Esa sensación, ese vacío, esas cadenas volvieron a sonar de nuevo.  Las sintió una vez, hace tiempo, cuando se enamoró por  única vez. 

Ahí cayó el silencio con todo peso, su última bocanada de libertad, fue besar sus labios antes de perderlos.

Desde ahí nada tenía sentido, ni escribir, ni su hermano narco; Ariel sentía que estaba preso hace tiempo.



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