Nuestra carta.
El juego mismo,
diamantes esparcidos por el cielo.
En el espacio,
la libertad vive su orgasmo sin enredarse.
Si, necesariamente,
hay que perderse para encontrarse,
quizás en ese azar falaz del destino
la suerte confiese su devoción al hombre.
Qué es la oportunidad
sino la búsqueda de uno mismo.
Tantas máscaras,
y la lluvia no las puede borrar.
Las montañas viajan en los hombros,
el aire no se aferra al minuto que vendrá,
el cielo y el infierno son lo mismo
nuestra carta es el instante que descansa en el interior.
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