Mostrar los dientes...
La calma de una tarde de otoño antes de partir bajo el ala de una mariposa,
la soledad repentina de las calles de un pueblo,
a la hora de la siesta,
tan visceral que no la gobierna nadie.
Murmuro del viento,
esas voces porfiadas acurrucadas antes de las tres,
justo antes que la manecilla termine por torcerle el rumbo a la historia.
La magia es un estado de ánimo.
En cada lugar el hombre teje teorías,
no hace falta cerrar los ojos para soñar.
Cada pensamiento es un vuelo sereno
que deshilacha las vertientes de un paisaje cualquiera.
Mientras tanto,
un coro de ángeles borrachos de tanta fe,
enfilan sin demasiada prisa a las cuatro de la tarde.
Entre colores bastardos,
entre famélicos prometedores de una perorata aguda,
entre dragones de tela, pasa la vida con su pretensión absurda,
ser una eternidad tan miedosa, tan cobarde
que no se atreve a mostrar los dientes.
la soledad repentina de las calles de un pueblo,
a la hora de la siesta,
tan visceral que no la gobierna nadie.
Murmuro del viento,
esas voces porfiadas acurrucadas antes de las tres,
justo antes que la manecilla termine por torcerle el rumbo a la historia.
La magia es un estado de ánimo.
En cada lugar el hombre teje teorías,
no hace falta cerrar los ojos para soñar.
Cada pensamiento es un vuelo sereno
que deshilacha las vertientes de un paisaje cualquiera.
Mientras tanto,
un coro de ángeles borrachos de tanta fe,
enfilan sin demasiada prisa a las cuatro de la tarde.
Entre colores bastardos,
entre famélicos prometedores de una perorata aguda,
entre dragones de tela, pasa la vida con su pretensión absurda,
ser una eternidad tan miedosa, tan cobarde
que no se atreve a mostrar los dientes.
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