Demencia.

El trote compadre de la tarde
ahogado en el humo
que sin razón discute
un destello, y el rabo que no se lleva la sombra.
Huérfano,
el vidrio de la cuadra
le grita a la hormiga que pasa,
el ruido insolente entra en el barrio
buscando clavarle un puñal al destino.
Al otro lado de la vereda,
unas pocas hojas rebeldes
giran en sintonía a un rojo carmesí
ofuscado por no encontrarse en ningún labio.
Voltea la cabeza para un lado,
inmediatamente al otro,
empuja algunas piedras para estirar el misterio.
Pero no hay caso,
la demencia es una cruz dispuesta acompañarlo a todos lados.


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