Alguien vino a tocar la puerta.

Viene a preguntar como estoy, toca la puerta, enciende la luz se sirve de la heladera lo poco que hay
va a la mesa, se sienta observa como estoy acurrucado en la oscuridad.
Mira fijamente mis ojos, pone acento en mis labios secos por la soledad,  ríe tan fuerte que a veces pienso
si no golpearán la puerta para quejarse, cuando vuelvo a caminar por el fino hilo de la normalidad
descubro que no tengo vecinos, al lado hay un supermercado, al frente una farmacia,
y un largo pasillo verde trae hasta la puerta aquel que quiere venir.
Balbucea, tenuemente unas palabras, sacudo la cabeza para entrar en razones, descubro que su voz se pierde con el sonido de la radio, suena música clásica, ahí descubrí que pasé los últimos tres días encerrado en mi mismo.
La casa estaba tan desordenada como mi vida, la mesa era un concierto de botellas de whisky,
el pasillo que iba al baño eran las hojas  putrefactas de una novela que siempre quise escribir.
Entre tumbos intentaba ir al baño a vomitar su voz entrecortada intentaba decir algo,  una tenue luz ingresaba por la ventana, amanecer o atardecer daba igual, yo solo quería escupir la resaca para empezar de nuevo.
Mareado, volví a la cocina, era claro que los fantasmas se habían ido pero dejaron un paraíso interno calcinado, era claro que era necesario volver a empezar y cada cuento empieza por el principio.
Bebí un sorbo de agua, giré la cabeza en el rincón donde pasé los últimos tres días ensimismado quedó la marca, había un corazón y una flecha, había una espalda y un mundo de cicatrices rojas.
Estaba vestido, abrí la puerta el mundo estaba afuera y lo había perdido; era un atardecer tan robusto como mágico.
Me lancé a la aventura de vivir una noche distinta, atrás quedó el pasado, en mi casa quedó mi sombra
en el mismo lugar, con las mismas preguntas esperando mi regreso, todos saben que voy a volver
pero uno va en busca de algo más que el infinito, ahora llegó ese momento.

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