Cuentos con Fútbol: Nicolás Campodomico vs "El Manuel"
Sabía que si hacia el gol lo mataban. Detrás del arco estaba la tribuna visitante y en ella asomaba un rostro malvado, maquiavelico, un canoso setentón de ojos grandes con la camiseta amarilla y blanca.
Era el Barrabrava de Sportivo Italiano, "El Manuel", así se hacía llamar. Pensaba que el artículo ensalzaba más su nombre, de hecho lo hacía. Metía miedo, el carnicero de la ciudad metía miedo, imaginárselo en la semana con su bata llena de sangre, y ahora mirando fijamente al Centro delantero de El Trébol, sin lugar a dudas metía miedo.
La ciudad no era demasiado grande, pero sus veinte mil habitantes latían en el clásico de la ciudad, Sportivo versus El Trébol.
La historia, según contaban los sabios, era que dos hermanos allá por los inicios del Fútbol en el país se pelearon y ambos decidieron formar su propia institución.
Olvídense de jugar un combinado del pueblo para un torneo nacional, era uno o el otro, así fue desde que se gestó, así es y será para siempre. El fútbol es demasiado egoísta para entender que la suma de voluntades hace que una ciudad o institución, llegue lejos.
Nicolás Campodomico, se preparaba para patear el penal, se notaba que estaba asustado, recordó la conversación con "El Manuel", el 38 que le puso en la panza...
"Y si lo erro", "Fui el goleador del torneo, el histórico del club,nadie me puede decir nada", pensaba Nico para sus adentros.
El Árbitro lo había decidido, con el penal se terminaba la historia, Campodomico sabía que a dónde quiera que tirara el penal, la historia iba a terminar para él. Iban 1 a 1, con el empate ganaba Sportivo.
Qué decir ante una situación límite, cualquier reacción parece al principio la más acertada, pensó en el futuro que llegaría pronto, en su familia, el Jefe de la Barra le prometió una suma de dinero que si bien no salvaría la economía, al menos la empujaba hacia adelante.
Pero su hambre de gol era como una bestia de mil brazos que estaba en su interior, nació para ser goleador, moriría siendo el mismo, sin dejar que nada ni nadie truncara su destino.
El árbitro dio la orden, el Estadio Municipal, cuna del clásico estaba mudo. Pensó un segundo antes de emprender la carrera: ¿Fuerte al medio, o a una punta?.
Hay que asegurarlo, pensó para sus adentros...
La populosa hinchada de El Trébol, estalló cuando la pelota besó la red, un nuevo clásico quedaba para los de verde, nadie podía parar la alegría de media ciudad.
Campodomico hizo el festejo en la tribuna donde estaba su padre, su madre había fallecido tiempo antes a causa de una terrible enfermedad por lo que no faltó, la mirada al cielo con los brazos extendidos.
A la entrega de la copa, le siguió la vuelta olímpica, nunca la hinchada estaba tan contenta con su estrella, lo llevaron en andas toda la vuelta. La gente empezaba a irse, Campodomico se quedó sentado en un costado del vestuario, el final estaba cerca.
Se quedó hasta el último momento, al percatarse que la última luz de la cancha se apagó empezó a salir. El silencio de la noche chocaba contra los recuerdos de la tarde que vivió, se acordó de eso antes de llorar.
Caminaba con la mirada perdida, empezaba a despedirse del mundo mirando el suelo, no sabía si al cruzar la calle lo esperaba una bala, la herida de una cuchilla filosa o la sucesión de golpes hasta dejarlo inconsciente.
Todo eso se preguntaba, hasta que por mirar al suelo no pudo ver que chocó contra la pared, se sintió aturdido, al incorporar su mirada "El Manuel" estaba con una cuchilla listo para hundirselá en el medio del pecho.
Se miraron, se estudiaron, uno esperaba que el otro atacara primero...
La noche se hundía en su propia miseria, hasta que el Barra levantó su mano derecha en donde tenía la cuchilla y se abalanzó sobre el goleador.
Nicolás se lo sacó de encima con su mano izquierda, hizo caer al viejo y al verlo en el suelo recordó que la mochila estaba pesada, acto seguido golpeó varias veces la cabeza del carnicero, hasta dejarlo inconsciente. Adentro del bolso, el trofeo por ser nuevamente el mandamás de la tabla de anotadores era lo suficientemente pesado para ser utilizado como defensa.
No sabía si era la sombra de la sangre o la de la noche que salía de la cabeza, Campodomico se asustó y salió corriendo.
Fue hasta su casa, se metió en su pieza y no salió por varias horas. El miedo lo invadía, habló con su padre, quiso llevarlo a la policía pero se armó de valentía para esperarlo cuando llegara. Pero el Tano nunca llegó.
Rara vez cuando Nicolás consiguió superar el miedo se lo cruzaban, abandonó la barra, dejó de ir a la cancha. "Fue duro el golpe", pensó el joven.
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Los diarios no podían entenderlo, las radios tampoco, en el club quisieron convencerlo pero la decisión estaba tomada. Nicolás Campodomico se retiraba del fútbol a la edad de 25 años.
"Cómo va hacer eso el goleador, tenía tanto camino por delante", era el lamento general de todos sus fanáticos.
De aquel hecho pasaron cuatro años, a los 29 y cerca de los treinta la vida se ve de otra manera, pasó sin temor por la Carnicería, siempre lo veía al viejo, cabiz bajo.
Quién sabe como habrá quedado, lo cierto es que nunca más lo molestaron, "Quizás lograron lo que querían", pensó para sus adentros.
Meneo la cabeza, era domingo, su equipo iba a jugar nuevamente, pero el no iba a ir a la cancha, el fútbol estaba terminado, iba a ser una buena anécdota para contarle a su hijo cuando creciera, tenía dos años y le puso el nombre de su Papá, Norberto.
Era el Barrabrava de Sportivo Italiano, "El Manuel", así se hacía llamar. Pensaba que el artículo ensalzaba más su nombre, de hecho lo hacía. Metía miedo, el carnicero de la ciudad metía miedo, imaginárselo en la semana con su bata llena de sangre, y ahora mirando fijamente al Centro delantero de El Trébol, sin lugar a dudas metía miedo.
La ciudad no era demasiado grande, pero sus veinte mil habitantes latían en el clásico de la ciudad, Sportivo versus El Trébol.
La historia, según contaban los sabios, era que dos hermanos allá por los inicios del Fútbol en el país se pelearon y ambos decidieron formar su propia institución.
Olvídense de jugar un combinado del pueblo para un torneo nacional, era uno o el otro, así fue desde que se gestó, así es y será para siempre. El fútbol es demasiado egoísta para entender que la suma de voluntades hace que una ciudad o institución, llegue lejos.
Nicolás Campodomico, se preparaba para patear el penal, se notaba que estaba asustado, recordó la conversación con "El Manuel", el 38 que le puso en la panza...
"Y si lo erro", "Fui el goleador del torneo, el histórico del club,nadie me puede decir nada", pensaba Nico para sus adentros.
El Árbitro lo había decidido, con el penal se terminaba la historia, Campodomico sabía que a dónde quiera que tirara el penal, la historia iba a terminar para él. Iban 1 a 1, con el empate ganaba Sportivo.
Qué decir ante una situación límite, cualquier reacción parece al principio la más acertada, pensó en el futuro que llegaría pronto, en su familia, el Jefe de la Barra le prometió una suma de dinero que si bien no salvaría la economía, al menos la empujaba hacia adelante.
Pero su hambre de gol era como una bestia de mil brazos que estaba en su interior, nació para ser goleador, moriría siendo el mismo, sin dejar que nada ni nadie truncara su destino.
El árbitro dio la orden, el Estadio Municipal, cuna del clásico estaba mudo. Pensó un segundo antes de emprender la carrera: ¿Fuerte al medio, o a una punta?.
Hay que asegurarlo, pensó para sus adentros...
La populosa hinchada de El Trébol, estalló cuando la pelota besó la red, un nuevo clásico quedaba para los de verde, nadie podía parar la alegría de media ciudad.
Campodomico hizo el festejo en la tribuna donde estaba su padre, su madre había fallecido tiempo antes a causa de una terrible enfermedad por lo que no faltó, la mirada al cielo con los brazos extendidos.
A la entrega de la copa, le siguió la vuelta olímpica, nunca la hinchada estaba tan contenta con su estrella, lo llevaron en andas toda la vuelta. La gente empezaba a irse, Campodomico se quedó sentado en un costado del vestuario, el final estaba cerca.
Se quedó hasta el último momento, al percatarse que la última luz de la cancha se apagó empezó a salir. El silencio de la noche chocaba contra los recuerdos de la tarde que vivió, se acordó de eso antes de llorar.
Caminaba con la mirada perdida, empezaba a despedirse del mundo mirando el suelo, no sabía si al cruzar la calle lo esperaba una bala, la herida de una cuchilla filosa o la sucesión de golpes hasta dejarlo inconsciente.
Todo eso se preguntaba, hasta que por mirar al suelo no pudo ver que chocó contra la pared, se sintió aturdido, al incorporar su mirada "El Manuel" estaba con una cuchilla listo para hundirselá en el medio del pecho.
Se miraron, se estudiaron, uno esperaba que el otro atacara primero...
La noche se hundía en su propia miseria, hasta que el Barra levantó su mano derecha en donde tenía la cuchilla y se abalanzó sobre el goleador.
Nicolás se lo sacó de encima con su mano izquierda, hizo caer al viejo y al verlo en el suelo recordó que la mochila estaba pesada, acto seguido golpeó varias veces la cabeza del carnicero, hasta dejarlo inconsciente. Adentro del bolso, el trofeo por ser nuevamente el mandamás de la tabla de anotadores era lo suficientemente pesado para ser utilizado como defensa.
No sabía si era la sombra de la sangre o la de la noche que salía de la cabeza, Campodomico se asustó y salió corriendo.
Fue hasta su casa, se metió en su pieza y no salió por varias horas. El miedo lo invadía, habló con su padre, quiso llevarlo a la policía pero se armó de valentía para esperarlo cuando llegara. Pero el Tano nunca llegó.
Rara vez cuando Nicolás consiguió superar el miedo se lo cruzaban, abandonó la barra, dejó de ir a la cancha. "Fue duro el golpe", pensó el joven.
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Los diarios no podían entenderlo, las radios tampoco, en el club quisieron convencerlo pero la decisión estaba tomada. Nicolás Campodomico se retiraba del fútbol a la edad de 25 años.
"Cómo va hacer eso el goleador, tenía tanto camino por delante", era el lamento general de todos sus fanáticos.
De aquel hecho pasaron cuatro años, a los 29 y cerca de los treinta la vida se ve de otra manera, pasó sin temor por la Carnicería, siempre lo veía al viejo, cabiz bajo.
Quién sabe como habrá quedado, lo cierto es que nunca más lo molestaron, "Quizás lograron lo que querían", pensó para sus adentros.
Meneo la cabeza, era domingo, su equipo iba a jugar nuevamente, pero el no iba a ir a la cancha, el fútbol estaba terminado, iba a ser una buena anécdota para contarle a su hijo cuando creciera, tenía dos años y le puso el nombre de su Papá, Norberto.
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