Una moneda.
Tomás nunca recibió el cariño de nadie, era un ladronzuelo que vivía de los pequeños hurtos, arrebatos que hacía en la ciudad. Todas las tardes pasaba por la Tiendas de Empeños del pueblo para admirar lo que nunca podía tener, una moneda bañada de oro. Nunca supo por qué, pero mirar ese objeto seguramente de chapa, disfrazada pintura para simular el oro lo convirtió en una obsesión.
Por la mañana y al caer el sol, su frente se posaba en el vidrio para admirar esa moneda y soñar. Duraba unos pocos segundos, el dueño lo sacaba corriendo por que conocía su fama.
Los viejos lo miraban patear la calle en busca de alguna explicación o forma de obtener lo que más deseaba. Tomás no quería una casa, no necesitaba una familia, no quería ir a la escuela, ni siquiera una novia; a los catorce años su única esperanza radicaba en ese objeto que todos los días tenía un papel central en la Tienda.
El botín de la noche anterior fue importante, tarde o temprano había que actuar e irse. A las ocho de la mañana abrió la tienda y fue derecho a comprarla. Le faltaban cien pesos, pero vaya a saber por qué el dueño de la tienda sonrió al entregarle la moneda y palmearlo en la espalda, le dijo:
-Andá pibe, llevatela. Cuando puedas me alcanzas lo que falta.
Nunca se los iba alcanzar, la moneda giraba en el aire y caía en su manos tantas veces como pensaba en irse del pueblo a buscar otra vida. Nueva o la misma, escapar de la ciudad era lo que Tomás quería.
Hizo dos cuadras, alguien de atrás apareció corriendo lo tumbó al suelo, le quitó la moneda, tras pegarle dos patadas una en la cara y la otra en la boca del estómago que lo terminó de exprimir de dolor en la esquina al lado del cordón, le dijo que era su moneda y se fue corriendo.
Cuando pudo incorporarse un poco, desde el suelo vio irse a un hombre de jeans y campera de cuero, poseía barba aunque tenía el pelo corto.
Sintió rabia, esa cuando su Papá molía a golpes a su madre, esa cuando su padre le pegaba al no traer suficiente dinero para comprar drogas, ese deseo de explotar por que le arrebataron su moneda, lo único que pretendía del mundo.
Estaba dispuesto a todo. Quedó congelado por un instante, vino a su cabeza que en la estación donde dormía quedó una pistola con seis balas.
Caía la tarde, los patrulleros atestaban la ciudad con su sirena, era hora de desaparecer por un buen rato.
---------------------------------------------------------------------------------------------
El primer piedrazo traspaso el vidrio y cayó en el comedor, el segundo entró por la ventana de la cocina para terminar al lado de la heladera. El tercero, aparentemente último hizo sonar tan fuerte la puerta de chapa, sonó con un balazo, cuando fue a ver, definitivamente era un balazo.
Buscaba algún lugar para reflejar su desesperación, empezaba a llorar, aunque la locura explotaba por dentro. El corazón latía a prisa, en el ojo izquierdo sentía una presión importante, miedo y mas miedo.
Eras las tres de la mañana. La noche tejía una niebla interminable en la geografía de la ciudad, la ambulancia se escuchaba a lo lejos como un silbido tenue del viento de invierno.
La calma se hizo presente por un momento, Se sentó en el suelo del comedor sin asomar demasiado la cabeza para armar el rompecabezas de hace un rato.
La ciudad se apagaba un poco, los dos últimos días estaba insoportable debido a la desaparición de Ricardo Esvelza.
Era un filántropo. Dueño de una fortuna inestimable, pasaba sus momentos colaborando con instituciones, personas, con el que sea que le pidiera una mano. Todos los flashes, las largas páginas del periódico de la ciudad, los minutos en el informativo de la TV del pueblo hacían mención de su honorabilidad y su altruismo.
No lo encontraban, lo buscaban por cielo y tierra, al cumplirse veinticuatro horas de su desaparición mandaron a realizar 25 allanamientos resultando todos negativos.
La última imagen que tenía la comunidad era la del festejo de la Capilla a la que Esvelza ayudó con una cuantiosa suma para poder arreglarla.
Su auto se perdió con el último aplauso de despedida, nunca más se supo de el.
Los negocios era inspeccionados varias veces, las salidas fueron selladas, nadie entraba, nadie salía sin que la Policía lo supiera. El pueblo entero estaba movilizado, pero el "Hacedor de Sueños", como le puso un periodista de pueblo no daba señales de vida.
Se cumplían tres días, justo a las cuatro de la mañana. Ese fue el momento en el que el cuarto balazo se metía por la puerta de entrada de madera.
Se tiró al piso, no supo de donde venía la bala, mucho menos quién podría ser, aunque en el fondo por lo que había hecho podía terminar así.
Al asegurarse de que el peligro se alejó, Se incorporó, fue hasta la pieza más alejada del comedor. Se llegaba hasta ahí después de un pasillo interminable, había perdido su tesoro más preciado una vez mas.
Era un regalo de su Padre.
Un golpe seco rompió la puerta de madera, alguien entraba. La muerte o intentar escapar, frotó su barba por segunda vez se pensó en su vida y no en la moneda que perdió una vez jugando a las cartas.
Abrió la ventana, cuando estaba a punto de salir, ajustó más la tira con la que le tapaba la boca Ricardo Esvelza, lo miró fijamente, esperando que nunca lo encuentren, ni el ni sus compinches que lo dejaron a cargo de cuidarlo para manejar un rescate.
Se fue para siempre.
Unos tenues pasos se escuchaban desde la habitación donde se produjo el escape.
La puerta se abrió, como por arte de magia apareció Tomás, con su mano derecha empuñando el arma, la mirada perdida buscando a quien le robó la moneda. Miró detenidamente al hombre que estaba atado a una cama, sabía quien era, todo el mundo lo buscaba. En su cabeza por un momento pasó la posibilidad de desatarlo o llamar a la policía.
Sacó la moneda, la tiró tres veces, dio media vuelta, cerró la puerta y desapareció.
La plaza del pueblo empezaba a llenarse de gente. La consigna era clara "Aparición con vida de Esvelza YA". Nunca, según los memoriosos se vio una movilización así. La tarde abundaba en discursos, mientras tanto, apoyando su espalda contra la pared, desde la estación, Tomás jugaba con su moneda esperando al tren y así irse para siempre de la ciudad.
Por la mañana y al caer el sol, su frente se posaba en el vidrio para admirar esa moneda y soñar. Duraba unos pocos segundos, el dueño lo sacaba corriendo por que conocía su fama.
Los viejos lo miraban patear la calle en busca de alguna explicación o forma de obtener lo que más deseaba. Tomás no quería una casa, no necesitaba una familia, no quería ir a la escuela, ni siquiera una novia; a los catorce años su única esperanza radicaba en ese objeto que todos los días tenía un papel central en la Tienda.
El botín de la noche anterior fue importante, tarde o temprano había que actuar e irse. A las ocho de la mañana abrió la tienda y fue derecho a comprarla. Le faltaban cien pesos, pero vaya a saber por qué el dueño de la tienda sonrió al entregarle la moneda y palmearlo en la espalda, le dijo:
-Andá pibe, llevatela. Cuando puedas me alcanzas lo que falta.
Nunca se los iba alcanzar, la moneda giraba en el aire y caía en su manos tantas veces como pensaba en irse del pueblo a buscar otra vida. Nueva o la misma, escapar de la ciudad era lo que Tomás quería.
Hizo dos cuadras, alguien de atrás apareció corriendo lo tumbó al suelo, le quitó la moneda, tras pegarle dos patadas una en la cara y la otra en la boca del estómago que lo terminó de exprimir de dolor en la esquina al lado del cordón, le dijo que era su moneda y se fue corriendo.
Cuando pudo incorporarse un poco, desde el suelo vio irse a un hombre de jeans y campera de cuero, poseía barba aunque tenía el pelo corto.
Sintió rabia, esa cuando su Papá molía a golpes a su madre, esa cuando su padre le pegaba al no traer suficiente dinero para comprar drogas, ese deseo de explotar por que le arrebataron su moneda, lo único que pretendía del mundo.
Estaba dispuesto a todo. Quedó congelado por un instante, vino a su cabeza que en la estación donde dormía quedó una pistola con seis balas.
Caía la tarde, los patrulleros atestaban la ciudad con su sirena, era hora de desaparecer por un buen rato.
---------------------------------------------------------------------------------------------
El primer piedrazo traspaso el vidrio y cayó en el comedor, el segundo entró por la ventana de la cocina para terminar al lado de la heladera. El tercero, aparentemente último hizo sonar tan fuerte la puerta de chapa, sonó con un balazo, cuando fue a ver, definitivamente era un balazo.
Buscaba algún lugar para reflejar su desesperación, empezaba a llorar, aunque la locura explotaba por dentro. El corazón latía a prisa, en el ojo izquierdo sentía una presión importante, miedo y mas miedo.
Eras las tres de la mañana. La noche tejía una niebla interminable en la geografía de la ciudad, la ambulancia se escuchaba a lo lejos como un silbido tenue del viento de invierno.
La calma se hizo presente por un momento, Se sentó en el suelo del comedor sin asomar demasiado la cabeza para armar el rompecabezas de hace un rato.
La ciudad se apagaba un poco, los dos últimos días estaba insoportable debido a la desaparición de Ricardo Esvelza.
Era un filántropo. Dueño de una fortuna inestimable, pasaba sus momentos colaborando con instituciones, personas, con el que sea que le pidiera una mano. Todos los flashes, las largas páginas del periódico de la ciudad, los minutos en el informativo de la TV del pueblo hacían mención de su honorabilidad y su altruismo.
No lo encontraban, lo buscaban por cielo y tierra, al cumplirse veinticuatro horas de su desaparición mandaron a realizar 25 allanamientos resultando todos negativos.
La última imagen que tenía la comunidad era la del festejo de la Capilla a la que Esvelza ayudó con una cuantiosa suma para poder arreglarla.
Su auto se perdió con el último aplauso de despedida, nunca más se supo de el.
Los negocios era inspeccionados varias veces, las salidas fueron selladas, nadie entraba, nadie salía sin que la Policía lo supiera. El pueblo entero estaba movilizado, pero el "Hacedor de Sueños", como le puso un periodista de pueblo no daba señales de vida.
Se cumplían tres días, justo a las cuatro de la mañana. Ese fue el momento en el que el cuarto balazo se metía por la puerta de entrada de madera.
Se tiró al piso, no supo de donde venía la bala, mucho menos quién podría ser, aunque en el fondo por lo que había hecho podía terminar así.
Al asegurarse de que el peligro se alejó, Se incorporó, fue hasta la pieza más alejada del comedor. Se llegaba hasta ahí después de un pasillo interminable, había perdido su tesoro más preciado una vez mas.
Era un regalo de su Padre.
Un golpe seco rompió la puerta de madera, alguien entraba. La muerte o intentar escapar, frotó su barba por segunda vez se pensó en su vida y no en la moneda que perdió una vez jugando a las cartas.
Abrió la ventana, cuando estaba a punto de salir, ajustó más la tira con la que le tapaba la boca Ricardo Esvelza, lo miró fijamente, esperando que nunca lo encuentren, ni el ni sus compinches que lo dejaron a cargo de cuidarlo para manejar un rescate.
Se fue para siempre.
Unos tenues pasos se escuchaban desde la habitación donde se produjo el escape.
La puerta se abrió, como por arte de magia apareció Tomás, con su mano derecha empuñando el arma, la mirada perdida buscando a quien le robó la moneda. Miró detenidamente al hombre que estaba atado a una cama, sabía quien era, todo el mundo lo buscaba. En su cabeza por un momento pasó la posibilidad de desatarlo o llamar a la policía.
Sacó la moneda, la tiró tres veces, dio media vuelta, cerró la puerta y desapareció.
La plaza del pueblo empezaba a llenarse de gente. La consigna era clara "Aparición con vida de Esvelza YA". Nunca, según los memoriosos se vio una movilización así. La tarde abundaba en discursos, mientras tanto, apoyando su espalda contra la pared, desde la estación, Tomás jugaba con su moneda esperando al tren y así irse para siempre de la ciudad.
Comentarios