SÁBANAS BLANCAS.
La primavera se escondía detrás del árbol añejo que adornaba
la vieja pero renovada casa de la calle Almafuerte. Justo a las seis de la
mañana, Ramiro despertó gracias al sonido de una mosca que se posó en su
nariz, exaltado se sentó en la cama, por
la luz de la luna que se metía por la ventana, notó la figura de una mujer
desnuda a su lado.
Guillermina dormía plácidamente, casi ni respiraba, solo con
el silencio más profundo de la mañana notaba como su respiración chocaba
tibiamente contra las sábanas blancas.
Sin querer molestarla hizo todos los ademanes posibles para
que no despertara, cuando se incorporó se quedó un buen rato observándola.
Amaba a esa mujer, recordó los cientos de días y noches que pasaban junto en
una pieza que les prestaba un amigo, comiendo pan duro mezclándolo con mates,
por que habían decidido seguir un camino solitario, él en realidad, pero ella
lo acompañaba por que lo amaba. Muchos, cuando los veían caminar por la plaza
del pueblo decían para sus adentros “El no sería lo que es sino fuera por
ella”, y era cierto. Eso lejos de
enojarlo lo enorgullecía, ella era su amiga, su confidente, la conciencia, era
todo lo que podía pedir.
Se dedicó a las artesanías desde chico, le encantaba crear a
partir de la madera cientos de figuras, muchas de ellas abstractas, algunas por
pedido de la Virgen María
o de algún edificio histórico de la ciudad.
Cuando tuvo diecisiete años, su padre le dijo que no iba a
obtener un futuro siendo lo que el más amaba, la salida más fácil fue el
servicio militar, ahí fue entonces.
El lugar elegido era la Ciudad de Mercedes, año 1981.
Ramiro nunca quiso hacer el Servicio Militar, pero a su
Padre, un hombre de pocas palabras pero firme en sus convicciones nunca se le
llevaba la contra, para no tener que discutir fue a cumplir con lo pedido.
Cada vez que recuerda esa etapa, volvía su mente la foto de
Guillermina, su vecina, ese momento en que fue a despedirlo a la plaza central
del pueblo, en ese primer beso ante todos que estremeció a su suegra, por que
nunca supo hasta ahí que ellos estaban “conociéndose”.
Cuánto despiole se le armó a ella, recuerda que su Mamá la
retó y por dos meses no la dejó juntarse con sus primas que vivían a la vuelta.
“Volvé pronto, que te extraño y no puedo vivir sin vos”, le
dijo al oído ante de que subiera al colectivo. Ramiro la besó nuevamente y se
fue.
En Mercedes sufrió bastante, no le gustaba nada seguir
ordenes y hacer ejercicios, pero había que hacerlo por Papá.
Rara vez lo despertaban después de las seis de la mañana,
había que formar carácter, había que crear soldados.
Cómo era bueno en la cocina también, sus superiores
decidieron enviarlo al sur, Tierra del Fuego era el destino, el frío era seis veces mayor y la distancia
de su pago chico y sobre todo de Guillermina lo pusieron muy triste. Tanto que
por las noches en ese lejano lugar lloraba, lloraba demasiado.
En las cartas que ambos se enviaban, se juraban amor eterno,
pero no se por que pensaba que algo le iba a pasar, e iban a estar lejos por un
buen tiempo.
Llegó el verano del ochenta y dos, el calor insoportable se
le colaba por la ropa, la transpiración era evidente para un hombre vestido con
una camisa blanca demasiada pesada para la época.
Al llegar a su hogar en la puerta estaba su mamá, su papá,
demás familiares y justo de la puerta de la casa de enfrente a la suya salía
Guillermina escapando de los gritos de su madre para abrazarlo.
La primera vez que tuvo posibilidades de escapar con su
chica, le contó que demoró más de la cuenta en volver por que a sus superiores
les gustaba como cocinaba, le pidió casamiento, ella aceptó enseguida empezaron
a diagramar su vida, a ella le apasionaba dibujar, el pensaba que algunos
dibujos podían usarse para tallar en madera algunas imágenes y venderlas.
Pasaron los días, el verano empezaba a despedirse y la
angustia comenzaba a notarse en los familiares de Ramiro, la Guerra de Malvinas estaba a
la vuelta de la esquina.
El 2 de Abril de 1982, Día de la Gesta , Ramiro estaba en su
cuarto cuando su Madre tocó la puerta, al abrirla y verla llorar se dio cuenta
que tenía que irse.
“Es increíble como pasa el tiempo y de lo poco que podemos
estar en un lugar”, le comentó a un Santiagueño con el que coincidió en el
viaje de ida hacia las islas.
José Fernández, era un hombre fornido, tez trigueña y lo
bastante alegre como para lamentarse de las cosas, concebía a la vida como una
sola, había que vivirla.
El 5 de Abril pensó que iba a morir, lo tenían de un lado
para el otro y ni siquiera tuvo tiempo de escribirle una carta a su novia para
contarle como estaba.
Las posiciones inglesas avanzaban sobre las islas, era de
noche y la lluvia de balas pasaban cerca de su cabeza, parecía como si la
llovizna rozara su casco en una noche estrellada. Habían ido al campo de
batalla para auxiliar a un grupo de soldados que quedaron atrapados desde la
noche anterior en un combate, cuando llegaron al Santiagueño se le acabó el
optimismo y se puso a rezar.
Los dos solos, defendiendo como podían su posición, José
rezando el Padre nuestro, Ramiro en silencio, esperaba morir, se lamentaba para
sus adentros no haber podido vivir más tiempo para amar un poco más a su mujer.
Una lluvia de bombas que cayó cerca le permitió ver que dos
ingleses avanzaban hacía su posición, el Santiagueño advirtió esto y con una
ráfaga mató a uno de ellos, pero se quedó sin balas, el otro se acercaba a toda
velocidad, solo con un cuchillo en la mano Ramiro tiró desde su pistola el
último tiro que le quedaba, pero falló.
Estaba frente a ellos, José se quedó quieto, el artesano
saltó sobre él y lucharon en suelo durante un buen rato, el cansancio hacía
mella en él, el hombre con la cara pintada de negro pudo sacar fácilmente el
cuchillo y lo hirió en su hombro, Ramiro seguía defendiéndose como podía, no
lograba ver en medio de la pelea al Santiagueño. Un golpe con una de sus piernas desde el
suelo dejó inconciente a su rival, cuando hizo toda la fuerza para incorporarse
el Inglés, recuperó sus fuerzas se levantó para darle una puntada en el medio
de su pecho, fue justo ahí que una bala atravesó la cien y el soldado inglés
cayó muerto sobre la tierra.
El Santiagueño cayó arrodillado cuando lo mató, Ramiro pensó
que estaba herido pero se dio cuenta que estaba asustado y que darle muerte a
ese hombre iba a marcarlo para toda su vida.
Ambos se juntaron a unos metros del cuerpo, se abrazaron,
lloraron; la batalla terminó por el momento.
Fueron hasta el cuerpo, lo revisaron, unos dólares, armas,
una botella con agua fue lo que se encontró a primera vista, pero revisando en
un bolsillo adentro de su campera encontraron una libreta, al abrirla se le
cayó una foto. Era una mujer rubia con una sonrisa más grande que el sol. Al
darla vuelta, en un fondo blanco encontró una frase escrita en inglés.
Se quedó mirandola por unos cuántos minutos hasta que llegó
el apoyo, y fueron trasladados al hospital.
No quiso que la foto se perdiera, quería descifrar la frase
que llevaba escrita, la ocultó lo suficiente como para que nadie, salvó José se
diera cuenta que la tenía.
Dos días después de lo ocurrido pudo a través de un sargento
compinche, saber lo que decía al dorso de la foto:
“You'll
come back, do not be afraid. But if death comes, I want you to know it will not
be an excuse for me to love you forever.
Carol “
(Vas a volver, no tengas miedo. Pero si la muerte llega,
quiero que sepas que no será una excusa para que te ame eternamente.- Carol)
Cuando la leyó por primera vez se largó a llorar, lo hizo
por un largo tiempo, esa frase suele mirarla en las noches junto a su mujer
antes de dormirse.
Ramiro llora siempre al contarle esta historia, Guillermina lo consuela y cuando su amor cae rendido en sus brazos a ella se le
escapa una lágrima recordando el año 1982, la Guerra de Malvinas, lo mucho que extrañó al amor
de su vida, lo lloró tanto en la distancia que hasta incluso pensó que lo había perdido.
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