Historias. Una última jugada...
Cáncer. Inoperable. Cómo máximo, con todos los tratamientos, unos pocos meses de vida. Eso explicaba el incesante dolor que nacía de su estómago.
Esas fueron las primeras palabras del Doctor en su despacho. Como corolario, estaba a dos semanas de "disfrutar" de su jubilación, un empleado administrativo del municipio dejó su vida para recibir solo 3500 pesos, a partir del próximo mes.
Con quién podía disfrutarlo? Estuvo casado una vez y se separó a causa de no poder tener hijos, él no podía, ella se encargó de que todos lo supieran.
Cómo antídoto o anestesia general a esos viejos dolores, Iván leía y leía mucho. Sobre todo las historias de ciencia ficción, las novelas policiales aquellas en las que hay un héroe que salva todo a último momento, sin saber como.
Esas historias, calaban hondo en un personaje que decidió el encerramiento como modo de vida ante las intensas cargadas de sus compañeros de trabajo.
Logró armarse un mundo a parte, y ese mundo lo llevaba al trabajo, con eso lograba soportar las incesantes críticas al principio, las tenues después, debido a que no le daba importancia.
Su único amigo, Marcelo siempre le regalaba un libro para un cumpleaños, de hecho Iván era el hombre más feliz del mundo cuando podía ir alguna feria o remate, hurgar en los estantes o armarios donde pudiera encontrar alguna buena novela.
Fue el primero que se enteró de la noticia. Se largó a llorar, Iván nunca lo vio así y eso lo exaltó tanto que a el se le escapó una lágrima, por primera y por única vez.
Esa misma noche, se quedó en su casa con la luz apagada, avisó que mañana no iba a ir a su último día de trabajo, ni siquiera iba aceptar el saludo de sus compañeros que tanto lo jodieron en estos años. Desenchufó el teléfono, no quería saber nada del mundo exterior. El quería pensar, su nueva corta vida era ahora una discusión entre sus carnes y la conciencia, entre su alma y la razón.
La luz de la luna quería saber que era lo que pasaba por sus venas, pero se encargó de cerrar bien todo, sentarse en un sillón anejo tenido por herencia familiar mirar a la nada y pensar, era todo lo que quería hacer.
Qué es la muerte? Principio o final? Qué empieza y que termina? Esas eran las primeras preguntas que giraban en su cabeza y en una pieza demasiado oscura como para poder buscar alguna respuesta en un cuadro o en otra cosa.
Pero la muerte para Iván no era ni un principio, ni un final, nada empezaba, nada terminaba, a lo sumo se deja de respirar, solo eso. Lo que le preocupaba al Jubilado era como recibirla, por que si uno va a morir como se la espera? Sentado, inquieto, llorando o con una risa. Tantas preguntas sin respuestas.
Se cansó de no ver nada, se incorporó del sillón y como conocía perfectamente su casa fue a prender la luz. Desde lejos debajo de la puerta la silueta del periódico sobresalía por todas las cosas. Fue, lo tomó entre sus manos y a medida que pasaba las hojas su desagrado aumentaba, “nada interesante para leer”, decía para sus adentros.
Miró el reloj, sus agujas le contaban que eran las ocho de la noche y su estomago le decía que tenía hambre. Fue hasta la cocina indagó en la heladera y encontró un buen trozo de carne que horno se iba encargar de hacer, mas unas papas debajo de la mesada. La cena no iba a tener demasiadas complejidades. No tenía gaseosa, tampoco vino ni se preocupó por eso iba a tomar agua. Cuando consiguió tener todo en funcionamiento, fue hasta la otra sala de su casa y se detuvo nuevamente en el periódico que quedó abierto en la página once, al acomodar la vista, la noticia que estaba abajo en la página impar le arrebató la primer mueca en mucho tiempo, tomó el diario nuevamente entre sus manos, leyó la noticia nuevamente, crónica que no tenía nada mas que tres párrafos, pero a Iván logró llamarle la atención.
Leyó la crónica seis veces, cuando se la aprendió de memoria, se dirigió hasta la cocina a terminar de preparar la cena.
Todo listo. Carne y papas, un vaso con agua y una botella de una gaseosa que no existía mas, adornaban la mesa, junto a dos trozos de pan y al repasador blanco y verde.
Cenó en silencio, escuchaba el sonido de los autos pasar por la calle, la heladera vieja siempre con el mismo ruido, pero no quitaba la vista de la pared y la mente dibujaba las frases de la noticia por el en ella.
“…Niña secuestrada…”, “… Tiene catorce años…”, “Testigos aseguran ver a esa misma hora a un Renault Clío color negro”…“…No hay más información por el momento…”
En esas frases, Iván encontró la respuesta a tantas preguntas. Qué es la vida sino morir por algo que valga la pena. Empezó hablar para sus adentros, “no quiero morir viejo y sin nada para dar, lo único que puedo hacer es ponerle el punto final a donde quiera, eso es lo que voy hacer”…
Terminó de comer, lavó los platos y cuando estaba limpiando la mesa por última vez, escuchó el sonido de las llaves y una puerta abriéndose. No lo inquietó en lo más mínimo, Marcelo era el único que tenía las llaves de su casa y podía entrar siempre que así lo quisiera.
-No contestaste ningún llamado, pensé que te había pasado algo.-
-Desconecté todo, - Respondió Iván-, necesitaba pensar…
Fue hasta la sala, se sentó en su sillón, Marcelo hizo lo propio en un sillón más amplio.
-Viste el periódico? Dijo el Jubilado a su amigo de siempre, un año más chico que él.
-Si lo vi, pero que me querés decir con eso?- Respondió secamente, el hombre, canoso, vestido de Jeans y Zapatos, campera de cuero y un pulóver de lana color gris.
- Secuestraron a una piba de catorce años ayer a la noche, la denuncia la hizo su madre recién hoy a la mañana. Solo se vio a esa misma hora un Clío por la zona, Clio de color negro.
-Leí la noticia, para mi que se fue con un novio más grande que el. Acordate que eso sucede seguido. Aparecen en otra ciudad diciendo que escaparon por que no soportaban a la Madre, vas a ver.
Iván lo escuchó atentamente, quedó en silencio y notaba que su amigo le decía algo pero no lograba entender, cuando hizo un esfuerzo mucho mayor escuchó: “Vas hacerte el tratamiento?”
-Estoy muerto Marcelo, no tengo nada que perder. Te acordás cuando éramos chicos, decíamos que queríamos ser Policías y encerrar a los culpables? Me acuerdo que una vez encerramos a nuestros padres en el baño y no lo dejamos salir por dos horas.
-Una locura que nos costó una paliza bárbara, todavía me acuerdo-, respondió Marcelo tocándose la cien como remembranza de ese hecho.
Cómo no entendió la indirecta, Iván fue mucho mas directo, lo miró fijamente y le dijo:
“Quiero rescatar a esa piba”.
Su amigo lo miró fijamente unos segundos sin decir nada, hasta que tragó saliva para responder: - Vos estás muy loco, demasiadas novelas te nublan la mente, vamos que te llevo al hospital tenés que hacerte el tratamiento.-
El hombre era mucho más grande que el, Iván era de mediana estatura y no gozaba de un buen físico, pero con un ademán se sacó el brazo de su amigo que intentaba tomarlo. Le levantó el dedo en señal de protesta, Marcelo ante ese gesto se quedó inmóvil, hasta que finalmente el dueño de casa le habló:
-Me voy a morir, no tengo solución posible, te acordás que cuando empezábamos hablar de la muerte (y no hace mucho) nos contábamos que no queríamos llegar a viejo y morirnos orinados encima enterrados en una cama; necesito esto, solo no puedo te pido que me ayudes a descubrir dónde mierda está la piba. Ayudame a cerrar esta mierda de vida con algo bueno- sentenció el ex administrativo del municipio.
-Veré que puedo hacer, respondió Marcelo, andá acostarte que mañana paso y charlamos.
Fue el único momento en que le hizo caso, Iván se fue a dormir, su amigo cerró la puerta con llave y ese fue el final del último viernes de su vida.
/////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////
La mañana no era la misma, las sirenas de las patrullas rellenaban el frío de un sábado de julio. Desde la cama Iván pensó que todavía buscaban a la piba. No sabía ni su nombre, ni quién era, quizás era como decía su amigo y se fue a otro pueblo, pero su terquedad lo llevaba a pensar que estaba encerrada, sola, muerta de frío y llorando.
Le costó levantarse, el dolor de su estómago era lo suficiente como para dejarlo un rato más en la cama, sabía que la carne y las papas no le habían caído mal, sabía que el Cáncer de a poco gobernaba sus sentidos.
Cuando consiguió levantarse fue a bañarse, se vistió y decidió después de tomar un té ir al hospital a empezar con el tratamiento, pensó que Marcelo iba a venir pero nunca apareció. Enojado, tomó una campera del ropero, se aseguró que su casa estaba bajo siete llaves, cerró la puerta de entrada y se lanzó a la calle.
La ciudad murmuraba el caso, el frío no detenía los comentarios, el pueblo estaba siendo sitiado por distintas versiones que como todo vox populi no terminaba en ningún lado. En una pasada por el Kiosco supo el nombre de la chica: Mariana Benavidez.
El apellido le resultó familiar, la primer novia de su mejor amigo tenía el mismo nombre y apellido, eso lo recordaba perfectamente, Marcelo se obsesionó tanto con esa mujer (Quince años menor que él) que no reparó en los avisos de los familiares y de la policía. Un tiempo en la cárcel lo despertó de esa estupidez persecutoria. Salió de la misma, se dedicó a estudiar algo innovador para la época, Analista de Sistemas. Era bueno realmente, el mejor de su clase. Vaya a saber- pensaba Iván- que obsesión tuvo con esa mujer. Recordó que la mujer no quiso mudarse del pueblo y que fue mamá de una hermosa nena hace casi quince años.
Mientras buscaba confirmar la fecha en su cabeza, Iván no reparó en una mujer que lloraba incesantemente, al darse cuenta que alguien lloraba giró su cabeza y la mujer se encontraba diez menos atrás por sobre su espalda.
No tenía ningún sentido para preguntarle que le pasaba, sin embargo dio media vuelta y fue hacia la mujer. Le resultaba familiar su rostro, aunque bastante arrugado pudo saber quien era. La abuela de Mariana, la chica que fue secuestrada.
Sus esperanzas se reavivaron. Se olvidó del hospital, algo a la mujer tenía que sacarle, además recordó que la ayudó en el papeleo de algunas deudas contraídas de la familia y nunca se olvidaron del gesto.
Cuando la tuvo de frente por un instante reparó en el pelo de esa mujer. Blanco, demasiado blanco, de a poco la escarcha empezaba a tomar su pelo y a confundirse con el paso de los años que se dan en la cabeza.
Al verlo, la mujer se arrojó a sus brazos y lloró sin pausa por unos minutos, Iván nunca la detuvo quería que la anciana descargara todo de sí para que pudiera estar más tranquila.
-Vamos Ana que la acompaño hasta su casa- Le dijo el ahora ex empleado.-
Aunque tenía Sesenta y cinco años, todavía le quedaban fuerzas para levantar la bolsa con mercadería, pedirle que tome su brazo y caminar sin rapidez hacia su casa que quedaba a dos cuadras.
A pocos pasos, no aguantó más le preguntó si era por lo de su nieta que estaba así, la mujer le respondió que sí y automáticamente le contó su versión de lo que pudo pasar.
Le dijo que la joven era rebelde, que escuchaba Rock And Roll muy fuerte, eso motivaba quejas airosas de los vecinos. Ana le comentaba que por las noches si bien tenía prohibido salir, lo hacía. Su Madre la esperaba sentada con lágrimas en los ojos y la joven no reparaba en eso, se iba a dormir secundada del griterío infernal de Mariana. A la piba no le importaba, vivía en su mundo. Dos días hace que no estaba en su casa, hasta que el jueves a la madrugada, la vieja escuchó unos ruidos extraños, salió a la puerta pensando que era su nieta que volvía a su casa, sin embargo solo encontró un papel, dentro de ella una foto de la joven atada con precintos a un caño, al dorso una frase que hizo que iniciara el llanto: “disfruta esta imagen, por que no la vas a volver a ver nunca más”
Iván acompaño hasta la esquina a la mujer, no quiso ir hasta mitad de cuadra por miedo a que la policía pudiera hacerle alguna pregunta. No tenía ganas de perder el tiempo, quería analizar la información para sacar alguna conjetura. Justo antes de darse vuelta, Ana lo miró fijamente y le recordó la historia que su amigo Marcelo tuvo con Mariana, lo mucho que la había enojado al principio y el estupor que le causa cuando camina con ella y lo ve pasar en un auto negro. Le pidió a Iván que si lo veía no lo haga más, por que pensaba denunciarlo nuevamente.
Se despidieron, Iván se quedó pensando en el detalle del auto negro, sacudió la cabeza y dobló en la esquina, pasó por el hospital. Por unos quince minutos se quedó observando esa puerta grande de estructura metálica, en la gente de rostro cansado y triste que salía de ahí, en que quizás al salir de vuelta alguien podría mirarlo y pensar exactamente lo mismo. – Paso otro día- dijo en voz alta. Siguió su camino pero no hacia su casa, iba a visitar por última vez a su amigo.
///////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////
La casa de Marcelo estaba a siete cuadras del hospital, en el final de una calle asfaltada que daba a un camino de tierra que llevaba a otra ciudad o a la ruta según lo que se eligiese.
Cuando iba a tocar la puerta, recordó que tenía las llaves. Ese pacto de lo mío es mío y lo tuyo es tuyo nunca fue utilizado por parte de Iván, quiso darle una sorpresa a su amigo, visitarlo después de mucho tiempo.
Abrió la puerta de madera, cuando pasó al jardín no reparó en una canilla vieja y un balde oxidado a unos metros ni el zaguán adornado con una parra a la espera de uvas, no pudo entrar dio vueltas, y al doblar vio un lugar una casilla de chapa improvisada con una puerta de madera entreabierta.
Calculó que su amigo estaría por sacar alguna herramienta o la cortadora de pasto, el mismo tapaba sus zapatos negros. Se paró frente a la puerta, con su mano derecha terminó de abrirla. El mundo se le vino abajo, quedó inmóvil. La joven secuestrada estaba atada con precintos, desmayada.
La desató, la zamarreó para que cobrara el conocimiento pero fue inútil, seguía inconciente, su ojo izquierdo estaba morado, lo notó al correrle su cabello para terminar de confirmar lo que pensaba, era Mariana Benavides (h).
Su respiración iba en aumento, su único amigo secuestro a la hija de una antigua novia, quería tener un por qué para explicar todo, cuando se dio vuelta, reparó en un arma que apuntaba a su cien desde al menos dos metros. El Analista de Sistemas lo miró seriamente, el frío cortaba el silencio con una bocanada de aire frío que no sentía ninguno en el ambiente.
La pared era lo suficientemente alta para evitar ser visto.
Iván con lágrimas en los ojos, lo miró fijamente- Por qué mierda hiciste esto por qué- Se lo dijo repetidamente, pero nadie le respondía.
Pasaron unos segundos que parecían años, la expresión de desprecio se empezaba a notar en Iván, al notar esto Marcelo bajó el arma, miró detenidamente el suelo cuando alzó la vista, una lágrima cayó de su rostro formando parte de la escarcha que quedaba a esa hora. –Perdón, sentenció Marcelo.
El disparo llegó al lado derecho, justo abajo del hombro, el ruído del disparo fue como un golpe seco de una piedra a una chapa. Iván quedó con los ojos abiertos, la mirada nublada y notó como una figura parecida a la de su amigo pasaba por al lado de él mirándolo e ir a la casilla de chapa para observar a la joven.
Marcelo dejó el arma a unos metros y decidió llevarse a Mariana para su casa. Tenía que buscar la manera de arreglar éste desastre.
El dolor de estomago era un grano con pus al lado de la terrible sensación que tenía por culpa del disparo, movía su cabeza, cuando la dejó quieta sobre su izquierda divisó el arma, juntó todas sus fuerzas, ayudándose con el hombro izquierdo se pudo arrodillar, Marcelo se la estaba llevando al interior de su morada; Iván tomó el arma, justo cuando el frío le hacia arder la herida y lo tumbaba nuevamente vio como la bala viajaba en dirección a su único amigo.
///////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////
La vida le regalaba pequeñas fotos, la puerta del hospital, una mujer vestida de verde, el dolor sin igual que se desprendía de su lado derecho y las palabras de un médico que decía que era insalvable. Había perdido mucha sangre.
La conciencia se nublaba, o quizás eran las paredes que mostraban todo blanco.
Cada vez costaba más volver en sí. La última foto de su vida fue la de correr la cabeza para uno de sus costados y ver la imagen borrosa de una joven. Unos labios en su frente calmaron todo el dolor del mundo, dejó de respirar, empezó su viaje hacia el otro mundo.
Mariana lo miró fijamente, mientras los médicos se acercaban para tratar de revivir a Iván, recordó lo miserable que fue al portarse mal con su familia, se secó una lágrima antes de salir de la Terapia Intensiva. La esperaban su Madre y su Abuela, las abrazó tanto, en señal de disculpas, juntas lloraban cuando salían por la puerta metálica del hospital de la ciudad.
Esas fueron las primeras palabras del Doctor en su despacho. Como corolario, estaba a dos semanas de "disfrutar" de su jubilación, un empleado administrativo del municipio dejó su vida para recibir solo 3500 pesos, a partir del próximo mes.
Con quién podía disfrutarlo? Estuvo casado una vez y se separó a causa de no poder tener hijos, él no podía, ella se encargó de que todos lo supieran.
Cómo antídoto o anestesia general a esos viejos dolores, Iván leía y leía mucho. Sobre todo las historias de ciencia ficción, las novelas policiales aquellas en las que hay un héroe que salva todo a último momento, sin saber como.
Esas historias, calaban hondo en un personaje que decidió el encerramiento como modo de vida ante las intensas cargadas de sus compañeros de trabajo.
Logró armarse un mundo a parte, y ese mundo lo llevaba al trabajo, con eso lograba soportar las incesantes críticas al principio, las tenues después, debido a que no le daba importancia.
Su único amigo, Marcelo siempre le regalaba un libro para un cumpleaños, de hecho Iván era el hombre más feliz del mundo cuando podía ir alguna feria o remate, hurgar en los estantes o armarios donde pudiera encontrar alguna buena novela.
Fue el primero que se enteró de la noticia. Se largó a llorar, Iván nunca lo vio así y eso lo exaltó tanto que a el se le escapó una lágrima, por primera y por única vez.
Esa misma noche, se quedó en su casa con la luz apagada, avisó que mañana no iba a ir a su último día de trabajo, ni siquiera iba aceptar el saludo de sus compañeros que tanto lo jodieron en estos años. Desenchufó el teléfono, no quería saber nada del mundo exterior. El quería pensar, su nueva corta vida era ahora una discusión entre sus carnes y la conciencia, entre su alma y la razón.
La luz de la luna quería saber que era lo que pasaba por sus venas, pero se encargó de cerrar bien todo, sentarse en un sillón anejo tenido por herencia familiar mirar a la nada y pensar, era todo lo que quería hacer.
Qué es la muerte? Principio o final? Qué empieza y que termina? Esas eran las primeras preguntas que giraban en su cabeza y en una pieza demasiado oscura como para poder buscar alguna respuesta en un cuadro o en otra cosa.
Pero la muerte para Iván no era ni un principio, ni un final, nada empezaba, nada terminaba, a lo sumo se deja de respirar, solo eso. Lo que le preocupaba al Jubilado era como recibirla, por que si uno va a morir como se la espera? Sentado, inquieto, llorando o con una risa. Tantas preguntas sin respuestas.
Se cansó de no ver nada, se incorporó del sillón y como conocía perfectamente su casa fue a prender la luz. Desde lejos debajo de la puerta la silueta del periódico sobresalía por todas las cosas. Fue, lo tomó entre sus manos y a medida que pasaba las hojas su desagrado aumentaba, “nada interesante para leer”, decía para sus adentros.
Miró el reloj, sus agujas le contaban que eran las ocho de la noche y su estomago le decía que tenía hambre. Fue hasta la cocina indagó en la heladera y encontró un buen trozo de carne que horno se iba encargar de hacer, mas unas papas debajo de la mesada. La cena no iba a tener demasiadas complejidades. No tenía gaseosa, tampoco vino ni se preocupó por eso iba a tomar agua. Cuando consiguió tener todo en funcionamiento, fue hasta la otra sala de su casa y se detuvo nuevamente en el periódico que quedó abierto en la página once, al acomodar la vista, la noticia que estaba abajo en la página impar le arrebató la primer mueca en mucho tiempo, tomó el diario nuevamente entre sus manos, leyó la noticia nuevamente, crónica que no tenía nada mas que tres párrafos, pero a Iván logró llamarle la atención.
Leyó la crónica seis veces, cuando se la aprendió de memoria, se dirigió hasta la cocina a terminar de preparar la cena.
Todo listo. Carne y papas, un vaso con agua y una botella de una gaseosa que no existía mas, adornaban la mesa, junto a dos trozos de pan y al repasador blanco y verde.
Cenó en silencio, escuchaba el sonido de los autos pasar por la calle, la heladera vieja siempre con el mismo ruido, pero no quitaba la vista de la pared y la mente dibujaba las frases de la noticia por el en ella.
“…Niña secuestrada…”, “… Tiene catorce años…”, “Testigos aseguran ver a esa misma hora a un Renault Clío color negro”…“…No hay más información por el momento…”
En esas frases, Iván encontró la respuesta a tantas preguntas. Qué es la vida sino morir por algo que valga la pena. Empezó hablar para sus adentros, “no quiero morir viejo y sin nada para dar, lo único que puedo hacer es ponerle el punto final a donde quiera, eso es lo que voy hacer”…
Terminó de comer, lavó los platos y cuando estaba limpiando la mesa por última vez, escuchó el sonido de las llaves y una puerta abriéndose. No lo inquietó en lo más mínimo, Marcelo era el único que tenía las llaves de su casa y podía entrar siempre que así lo quisiera.
-No contestaste ningún llamado, pensé que te había pasado algo.-
-Desconecté todo, - Respondió Iván-, necesitaba pensar…
Fue hasta la sala, se sentó en su sillón, Marcelo hizo lo propio en un sillón más amplio.
-Viste el periódico? Dijo el Jubilado a su amigo de siempre, un año más chico que él.
-Si lo vi, pero que me querés decir con eso?- Respondió secamente, el hombre, canoso, vestido de Jeans y Zapatos, campera de cuero y un pulóver de lana color gris.
- Secuestraron a una piba de catorce años ayer a la noche, la denuncia la hizo su madre recién hoy a la mañana. Solo se vio a esa misma hora un Clío por la zona, Clio de color negro.
-Leí la noticia, para mi que se fue con un novio más grande que el. Acordate que eso sucede seguido. Aparecen en otra ciudad diciendo que escaparon por que no soportaban a la Madre, vas a ver.
Iván lo escuchó atentamente, quedó en silencio y notaba que su amigo le decía algo pero no lograba entender, cuando hizo un esfuerzo mucho mayor escuchó: “Vas hacerte el tratamiento?”
-Estoy muerto Marcelo, no tengo nada que perder. Te acordás cuando éramos chicos, decíamos que queríamos ser Policías y encerrar a los culpables? Me acuerdo que una vez encerramos a nuestros padres en el baño y no lo dejamos salir por dos horas.
-Una locura que nos costó una paliza bárbara, todavía me acuerdo-, respondió Marcelo tocándose la cien como remembranza de ese hecho.
Cómo no entendió la indirecta, Iván fue mucho mas directo, lo miró fijamente y le dijo:
“Quiero rescatar a esa piba”.
Su amigo lo miró fijamente unos segundos sin decir nada, hasta que tragó saliva para responder: - Vos estás muy loco, demasiadas novelas te nublan la mente, vamos que te llevo al hospital tenés que hacerte el tratamiento.-
El hombre era mucho más grande que el, Iván era de mediana estatura y no gozaba de un buen físico, pero con un ademán se sacó el brazo de su amigo que intentaba tomarlo. Le levantó el dedo en señal de protesta, Marcelo ante ese gesto se quedó inmóvil, hasta que finalmente el dueño de casa le habló:
-Me voy a morir, no tengo solución posible, te acordás que cuando empezábamos hablar de la muerte (y no hace mucho) nos contábamos que no queríamos llegar a viejo y morirnos orinados encima enterrados en una cama; necesito esto, solo no puedo te pido que me ayudes a descubrir dónde mierda está la piba. Ayudame a cerrar esta mierda de vida con algo bueno- sentenció el ex administrativo del municipio.
-Veré que puedo hacer, respondió Marcelo, andá acostarte que mañana paso y charlamos.
Fue el único momento en que le hizo caso, Iván se fue a dormir, su amigo cerró la puerta con llave y ese fue el final del último viernes de su vida.
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La mañana no era la misma, las sirenas de las patrullas rellenaban el frío de un sábado de julio. Desde la cama Iván pensó que todavía buscaban a la piba. No sabía ni su nombre, ni quién era, quizás era como decía su amigo y se fue a otro pueblo, pero su terquedad lo llevaba a pensar que estaba encerrada, sola, muerta de frío y llorando.
Le costó levantarse, el dolor de su estómago era lo suficiente como para dejarlo un rato más en la cama, sabía que la carne y las papas no le habían caído mal, sabía que el Cáncer de a poco gobernaba sus sentidos.
Cuando consiguió levantarse fue a bañarse, se vistió y decidió después de tomar un té ir al hospital a empezar con el tratamiento, pensó que Marcelo iba a venir pero nunca apareció. Enojado, tomó una campera del ropero, se aseguró que su casa estaba bajo siete llaves, cerró la puerta de entrada y se lanzó a la calle.
La ciudad murmuraba el caso, el frío no detenía los comentarios, el pueblo estaba siendo sitiado por distintas versiones que como todo vox populi no terminaba en ningún lado. En una pasada por el Kiosco supo el nombre de la chica: Mariana Benavidez.
El apellido le resultó familiar, la primer novia de su mejor amigo tenía el mismo nombre y apellido, eso lo recordaba perfectamente, Marcelo se obsesionó tanto con esa mujer (Quince años menor que él) que no reparó en los avisos de los familiares y de la policía. Un tiempo en la cárcel lo despertó de esa estupidez persecutoria. Salió de la misma, se dedicó a estudiar algo innovador para la época, Analista de Sistemas. Era bueno realmente, el mejor de su clase. Vaya a saber- pensaba Iván- que obsesión tuvo con esa mujer. Recordó que la mujer no quiso mudarse del pueblo y que fue mamá de una hermosa nena hace casi quince años.
Mientras buscaba confirmar la fecha en su cabeza, Iván no reparó en una mujer que lloraba incesantemente, al darse cuenta que alguien lloraba giró su cabeza y la mujer se encontraba diez menos atrás por sobre su espalda.
No tenía ningún sentido para preguntarle que le pasaba, sin embargo dio media vuelta y fue hacia la mujer. Le resultaba familiar su rostro, aunque bastante arrugado pudo saber quien era. La abuela de Mariana, la chica que fue secuestrada.
Sus esperanzas se reavivaron. Se olvidó del hospital, algo a la mujer tenía que sacarle, además recordó que la ayudó en el papeleo de algunas deudas contraídas de la familia y nunca se olvidaron del gesto.
Cuando la tuvo de frente por un instante reparó en el pelo de esa mujer. Blanco, demasiado blanco, de a poco la escarcha empezaba a tomar su pelo y a confundirse con el paso de los años que se dan en la cabeza.
Al verlo, la mujer se arrojó a sus brazos y lloró sin pausa por unos minutos, Iván nunca la detuvo quería que la anciana descargara todo de sí para que pudiera estar más tranquila.
-Vamos Ana que la acompaño hasta su casa- Le dijo el ahora ex empleado.-
Aunque tenía Sesenta y cinco años, todavía le quedaban fuerzas para levantar la bolsa con mercadería, pedirle que tome su brazo y caminar sin rapidez hacia su casa que quedaba a dos cuadras.
A pocos pasos, no aguantó más le preguntó si era por lo de su nieta que estaba así, la mujer le respondió que sí y automáticamente le contó su versión de lo que pudo pasar.
Le dijo que la joven era rebelde, que escuchaba Rock And Roll muy fuerte, eso motivaba quejas airosas de los vecinos. Ana le comentaba que por las noches si bien tenía prohibido salir, lo hacía. Su Madre la esperaba sentada con lágrimas en los ojos y la joven no reparaba en eso, se iba a dormir secundada del griterío infernal de Mariana. A la piba no le importaba, vivía en su mundo. Dos días hace que no estaba en su casa, hasta que el jueves a la madrugada, la vieja escuchó unos ruidos extraños, salió a la puerta pensando que era su nieta que volvía a su casa, sin embargo solo encontró un papel, dentro de ella una foto de la joven atada con precintos a un caño, al dorso una frase que hizo que iniciara el llanto: “disfruta esta imagen, por que no la vas a volver a ver nunca más”
Iván acompaño hasta la esquina a la mujer, no quiso ir hasta mitad de cuadra por miedo a que la policía pudiera hacerle alguna pregunta. No tenía ganas de perder el tiempo, quería analizar la información para sacar alguna conjetura. Justo antes de darse vuelta, Ana lo miró fijamente y le recordó la historia que su amigo Marcelo tuvo con Mariana, lo mucho que la había enojado al principio y el estupor que le causa cuando camina con ella y lo ve pasar en un auto negro. Le pidió a Iván que si lo veía no lo haga más, por que pensaba denunciarlo nuevamente.
Se despidieron, Iván se quedó pensando en el detalle del auto negro, sacudió la cabeza y dobló en la esquina, pasó por el hospital. Por unos quince minutos se quedó observando esa puerta grande de estructura metálica, en la gente de rostro cansado y triste que salía de ahí, en que quizás al salir de vuelta alguien podría mirarlo y pensar exactamente lo mismo. – Paso otro día- dijo en voz alta. Siguió su camino pero no hacia su casa, iba a visitar por última vez a su amigo.
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La casa de Marcelo estaba a siete cuadras del hospital, en el final de una calle asfaltada que daba a un camino de tierra que llevaba a otra ciudad o a la ruta según lo que se eligiese.
Cuando iba a tocar la puerta, recordó que tenía las llaves. Ese pacto de lo mío es mío y lo tuyo es tuyo nunca fue utilizado por parte de Iván, quiso darle una sorpresa a su amigo, visitarlo después de mucho tiempo.
Abrió la puerta de madera, cuando pasó al jardín no reparó en una canilla vieja y un balde oxidado a unos metros ni el zaguán adornado con una parra a la espera de uvas, no pudo entrar dio vueltas, y al doblar vio un lugar una casilla de chapa improvisada con una puerta de madera entreabierta.
Calculó que su amigo estaría por sacar alguna herramienta o la cortadora de pasto, el mismo tapaba sus zapatos negros. Se paró frente a la puerta, con su mano derecha terminó de abrirla. El mundo se le vino abajo, quedó inmóvil. La joven secuestrada estaba atada con precintos, desmayada.
La desató, la zamarreó para que cobrara el conocimiento pero fue inútil, seguía inconciente, su ojo izquierdo estaba morado, lo notó al correrle su cabello para terminar de confirmar lo que pensaba, era Mariana Benavides (h).
Su respiración iba en aumento, su único amigo secuestro a la hija de una antigua novia, quería tener un por qué para explicar todo, cuando se dio vuelta, reparó en un arma que apuntaba a su cien desde al menos dos metros. El Analista de Sistemas lo miró seriamente, el frío cortaba el silencio con una bocanada de aire frío que no sentía ninguno en el ambiente.
La pared era lo suficientemente alta para evitar ser visto.
Iván con lágrimas en los ojos, lo miró fijamente- Por qué mierda hiciste esto por qué- Se lo dijo repetidamente, pero nadie le respondía.
Pasaron unos segundos que parecían años, la expresión de desprecio se empezaba a notar en Iván, al notar esto Marcelo bajó el arma, miró detenidamente el suelo cuando alzó la vista, una lágrima cayó de su rostro formando parte de la escarcha que quedaba a esa hora. –Perdón, sentenció Marcelo.
El disparo llegó al lado derecho, justo abajo del hombro, el ruído del disparo fue como un golpe seco de una piedra a una chapa. Iván quedó con los ojos abiertos, la mirada nublada y notó como una figura parecida a la de su amigo pasaba por al lado de él mirándolo e ir a la casilla de chapa para observar a la joven.
Marcelo dejó el arma a unos metros y decidió llevarse a Mariana para su casa. Tenía que buscar la manera de arreglar éste desastre.
El dolor de estomago era un grano con pus al lado de la terrible sensación que tenía por culpa del disparo, movía su cabeza, cuando la dejó quieta sobre su izquierda divisó el arma, juntó todas sus fuerzas, ayudándose con el hombro izquierdo se pudo arrodillar, Marcelo se la estaba llevando al interior de su morada; Iván tomó el arma, justo cuando el frío le hacia arder la herida y lo tumbaba nuevamente vio como la bala viajaba en dirección a su único amigo.
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La vida le regalaba pequeñas fotos, la puerta del hospital, una mujer vestida de verde, el dolor sin igual que se desprendía de su lado derecho y las palabras de un médico que decía que era insalvable. Había perdido mucha sangre.
La conciencia se nublaba, o quizás eran las paredes que mostraban todo blanco.
Cada vez costaba más volver en sí. La última foto de su vida fue la de correr la cabeza para uno de sus costados y ver la imagen borrosa de una joven. Unos labios en su frente calmaron todo el dolor del mundo, dejó de respirar, empezó su viaje hacia el otro mundo.
Mariana lo miró fijamente, mientras los médicos se acercaban para tratar de revivir a Iván, recordó lo miserable que fue al portarse mal con su familia, se secó una lágrima antes de salir de la Terapia Intensiva. La esperaban su Madre y su Abuela, las abrazó tanto, en señal de disculpas, juntas lloraban cuando salían por la puerta metálica del hospital de la ciudad.
Comentarios
El valor de la amistad que se quiebra ante una verdad jamás imaginada.
Muy bien Fer!!!!
El valor de la amistad que se quiebra ante una verdad jamás imaginada.
Muy bien Fer!!!!