"Un bueno para nada"- Parte Nª1: El Llanto.

Cuando lo mataron se calló la boca, aguantó el vomito, soportó tanto el llanto, en la calle brillaba alguna lágrima que se le escapaba.
El corazón latía a prisa cuando se dio cuenta que estaba solo, su rostro forjó el camino de las gotas hacia el suelo. Esa parte la conocía bien, casi nunca levantaba la cabeza.
Vino la noche, la locura abrió la puerta para que pase la ausencia también. Sus cuatro paredes se mostraban como un álbum de fotos de lo que pasó.
Se iba desnudando camino al baño, el agua vendría bien para enfriar su cabeza. Una vez debajo de ella cerró los ojos, la bala atravesaba la cabeza de ese hombre. Lo miró mientras caía al suelo, corrió tanto y al llegar pensó que no había sido visto por nadie.
Cerró el grifo, la toalla húmeda secó su cuerpo, no intentó secar su cabeza la quería lo más fría posible.
Nunca pudo ver el rostro del asesino, las preguntas giraban en su cabeza: ¿Por qué no esperar a la noche? ¿Me habrá visto? Siempre pensaba lo peor.
Bajó las persianas, cerró todas las puertas y se fue a dormir.
La mañana empezó fresca lo notó al espiar por la ventana y ver como la escarcha bordaba las hojas de los árboles, justo en la entrada de su casa.
Quería saber si lo que vivió la noche anterior fue un sueño, pero la sirena sonaba cada vez mas fuerte, y  eso lo hizo volver a la noche anterior.
Fue hasta la cocina, un par de pastillas para dormir estaban sueltas arriba de la mesa, junto a una botella de whisky, las pastillas fueron a parar a un tarro, la botella arriba de la heladera. El sonido de la pava eléctrica le avisó que el agua para el café estaba a punto. 
Después del segundo sorbo, el timbre lo exaltó. Se levantó, abrió la puerta, lo primero que vio fue una identificación, lo segundo fue una voz ronca que dijo : "Policía, vengo hacerle unas preguntas"
No reparó en el rostro, todavía estaba dormido, volvió a la cocina dejandole abierta la puerta al oficial para que pudiera pasar y lo siguiera. 
Al escuchar el sonido de la silla alzó la mirada y ahí lo observó:  pocas canas lo hizo inducir que su edad oscilaba en cincuenta  o un poco mas, rostro pálido, poco pelo, debajo de sus ojos las bolsas eran lo suficientemente grandes como para saber que el hombre no descansó bien.
A dos cuadras de ésta casa- empezó a decir el policía- hallamos asesinado de un balazo en la cabeza a un hombre de  unos cincuenta cinco años, queremos saber si usted lo conocía o si sabe algo que nos pueda ser de utilidad para la investigación.
El oficial miró fijamente al joven como a la espera de una respuesta instantánea, esa respuesta llegó cuando pudo respirar profundamente:
-No se de que me habla, volví a mi casa aproximadamente a las diecisiete horas después de hacer unos mandados. 
Creo que el oficial no le creyó por que pasó un puñado de segundos mirándolo fijamente como a la espera de la verdad y no de una respuesta.
Sabe-Rompió el silencio el oficial-, no le creo. Hay por lo menos cinco testigos que describen a un hombre con su misma apariencia corriendo desde el lugar del asesinato hacia esta zona.
Quedó estupefacto, masticaba su lengua para disimular sus nervios aunque se movía tanto que un tic nervioso en su pierna derecha delataba su nerviosismo.
Se incorporó de su silla y fue hacia la puerta de entrada como una invitación al oficial a que se fuera, él lo siguió pero se detuvo en el hall y observó un cuadro de un jarrón con dos girasoles adentro, las paredes rajadas y la pintura blanca confundida con la humedad de un lugar en el que muy pocas veces entraba la luz.
Fue hacia la puerta, dándole la espalda al joven , dijo interrogándolo :
-Usted de que trabaja?
-Hago trabajos por computadoras para distintas empresas, respondió secamente.
-Se ve que no sale demasiado, dijo mirando por sobre el hombro el lugar.
Se quedó contemplando la ironía del oficial, en sus gestos en su manera desganada con la que caminaba hacia la puerta, hasta que volvió a la realidad nuevamente:
-No soy sociable, no me gusta mucho tratar con la gente. Es dañina, malvada, prefiero mis cuatro paredes antes que millones de ojos me digan donde debo mirar.
El oficial suspiró, por un momento pareció que viajaba imaginariamente a su infancia, lo observó detenidamente  a quien también lo miraba, me llamo Gustavo, vos?- Dijo con tono amigable por primera vez en la conversación-. Yo me llamo Ariel, respondió a secas.
Gustavo sonrió, miró al techo luego empezó a caminar hacia el portillo de madera  que daba salida a la calle. Al abrirlo se dio vuelta y lo miró fijamente al dueño de casa , una mueca que no llegó a ser sonrisa precedió a la frase que se escuchó antes de cerrar el portillo: " Gracias por no ir a la policía, yo maté a ese hombre".

Volvió a sentir que le faltaba el aire, tenía ganas de vomitar, fue corriendo hasta el baño pero no tenía nada en el estomago. Se aseguró de cerrar todas las puertas antes de volver a su habitación.
Por qué no me mató? fue la pregunta que cruzaba por su mente mientras llegaba la noche nuevamente, la ciudad no dormía al contrario estaba más despierta que nunca; Ariel también, su vida ha cambiado para siempre.


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