Perdedor...
El bastardo más grande de todos
cesó su causa,
la tormenta se hecho a dormir
detrás de la montaña
y con un chasquido de sus dedos
los fantasmas,
se esfumaron en el atardecer.
De pronto
la noche empezó a tejer
las estrellas,
lejos de la vista
cerca del alma;
las venas se hinchaban de gozo
eran por eso las lágrimas.
Una gota en el piso
reflejaba su hermosura,
cada huella
en la tierra
era un beso de la luna.
Qué importa la hora
si la eternidad
cabe en el segundo
en el que su mirada
me hizo sentir
que no era el mismo perdedor,
este que todas las noches
se enfrenta con el espejo.
Comentarios