Historias. Un Viaje.
Frené el colectivo, en la esquina del Club Rivadavia, me venía con una nota, y la duda de no saber si la tarjeta sube tenía carga.
Cuando la puse, donde tenía que ponerla, sonreí, me quedaban seis pesos, y viaje de Empalme a Lobos.
Me senté bien atrás, pero luego, con el colectivo casi vacío decidí sentarme en el primer asiento detrás del chófer, a la izquierda.
Automáticamente mi cabeza giro hacia el lado del vidrio, y me dejé guiar por el juego de luces que chocaban contra él.
Quién sabe cuántos destellos hay en la noche, esas imágenes chocaban contra mis ojos, mientras el cuerpo bajaba la intensidad y descansaba.
Por un momento, ese viaje era una anestesia general para los dolores.
Casí me duermo, sino fuera por una frenada brusca justo en la esquina antes de llegar a la plaza central del pueblo.
Cuando me bajé, y empecé a caminar, vi como se alejaba.
Le agradecí en silencio el descanso, a esa maquina de hierro.
Cruzando la plaza 1810, noté a una mujer de unos 30 años, escuchando música, cantando tal vez su canción favorita.
Ella era feliz, a su manera, disfrutaba la vida como quería; quise quedarme para contarle lo contento que estaba con mi viaje pero tuve que seguir.
Di la vuelta por Castelli, volviendo a la rutina con una sonrisa.
Me senté bien atrás, pero luego, con el colectivo casi vacío decidí sentarme en el primer asiento detrás del chófer, a la izquierda.
Automáticamente mi cabeza giro hacia el lado del vidrio, y me dejé guiar por el juego de luces que chocaban contra él.
Quién sabe cuántos destellos hay en la noche, esas imágenes chocaban contra mis ojos, mientras el cuerpo bajaba la intensidad y descansaba.
Por un momento, ese viaje era una anestesia general para los dolores.
Casí me duermo, sino fuera por una frenada brusca justo en la esquina antes de llegar a la plaza central del pueblo.
Cuando me bajé, y empecé a caminar, vi como se alejaba.
Le agradecí en silencio el descanso, a esa maquina de hierro.
Cruzando la plaza 1810, noté a una mujer de unos 30 años, escuchando música, cantando tal vez su canción favorita.
Ella era feliz, a su manera, disfrutaba la vida como quería; quise quedarme para contarle lo contento que estaba con mi viaje pero tuve que seguir.
Di la vuelta por Castelli, volviendo a la rutina con una sonrisa.
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