La Dictadura de la conciencia...

No le gustaba la blasfemia, sin embargo, no hacía nada, para detener el incesante flujo de maldades.
No hablaba, no sentía, no lloraba. Sentado en su trono, miraba como el mundo,
se rompía, como los cristales del espejo  en el que se reflejaba su historia.
Satisfecho en sus entrañas, no atendía, el pedido de los pobres,
 no repartía, no juzgaba, no hablaba, no miraba a los ojos.
Desde la montaña, miraba las ruinas del  mundo que inventó
Hasta que un día, los derrotados fueron a buscarlo, con lanzas en la mano,
con piedras, algunos.
 El ejército cedió, no ofreció resistencia, el pueblo subió al cielo por las nubes, para matar a su propio dios. Pero el ya no estaba, se escapó por las estrellas.
Estaban solos, el cielo se quedó sin dueño, sin rezo, el miedo empezó a invadirlos, los más eruditos, quisieron sacar provecho, nombraron al gobernador.
Bajaron del cielo, las sonrisas y la calma volvieron a dibujarse en la cara de todos.
El gobernador, mandaba, actuaba, hablaba, y hasta se arremangaba para sacar al pueblo de sus ruinas, lo hizo, construyeron una moderna ciudad, y un palacio de oro.
El Gobernador no quiso ir al cielo, quiso quedarse en la tierra.
Hasta que pasó un tiempo, lo perfecto no dura para siempre
Los sabios lo sedujeron, lo motivaron, lo cegaron, empezó a olvidarse,  se crearon bandos, y todo  volvió a ser lo mismo. El pueblo volvió a las ruinas, mientras quien gobernaba, sonreía desde su palacio.
Hubo sangre, histeria, pasaron muchos años, los sabios perecieron, su magia también, los papiros con los que gobernaban, se quemaron, los niños defendían su casa sin armadura, las madres, custodiaban a los heridos, los pocos que quedaban tenían miedo, se miraban no sabían que hacer.
Quien mandaba murió, y el reino quedó sin custodia.
Los pocos que estaban, se juntaron,  por mucho tiempo permanecieron en silencio.
El silencio trajo calma, la calma trajo sabiduría, la sabiduría, aun con errores trajo buena decisiones.
Nadie era perfecto y  nadie quería volver a lo anterior.  Se ganaba, se perdía, el mundo comenzó a caminar de nuevo.
El amor brotaba como la rosa, como el fruto de la eternidad que les habían prometido, y cuando las nubes cubrían el cielo, la razón era lo suficientemente temperamental como para sacarse el problema de encima y seguir adelante.
Algunos, los más viejos en el epílogo de sus vidas, cuando reunían a los más jóvenes al borde del sol,  llamaban a este cuento, la dictadura de la conciencia.


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