Las calles...
Duendes, negociando el paso con unicornios de seda para que la noche muera en tus piernas de terciopelo.
El reloj para al sonido de un beso, y después avanza de dos en dos, como el único peón que tiene la cordura, para enfrentarse a caballos y a torres.
Ese es el mundo, adornado con jazmines que llegan al cielo, blanco, negro, como la mente; algunas veces puede ser gris.
El cuarteto de borrachos reunidos al borde de los rieles, contando sus proezas;
la voz se le entrecortaba al mas viejo de todos, cuando habló de que una vez realizó la increíble utopía de construir un castillo, en el aire, y desde el, escupirle la cara a todos los bastardos.
Los otros tres aprobaban con la frente, pero no con el interior.
Esas son mis calles, atestadas de recetas para la cura de la vejez, y las arrugas cada vez se notan más, algunas hasta se parecen a cicatrices que dejó un blues, escrito en el callejón donde todas las noches se escucha un grito distinto.
Puedes ir al norte, al sur, al este, y al oeste, a donde quieras,el destino será el mismo: la copa inmensa de un árbol, que sostiene las fotos que nunca quisiste tener de tu vida.
Un perro, me aconseja, debí haber dicho lo que sentía, y así, y así terminar esta historia, después en dos patas y fumando un habano, se ríe con todo su ser de mi rostro.
La única religión que vuela por los cielos, estalla en mil pedazos en el firmamento, nadie sabe en quien creer, ni a quien mirar.
Cuatro bestias vestidas de blanco, empiezan a tomar la calle, vienen hacia acá, que quieren de mi?
No hablan, se nota que tienen cadenas, empiezo a correr, pero cada vez están más cerca, fallan el primer intento, el segundo el tercero...
Doblo en la esquina, la vieja mas vieja de todas que siempre está en la puerta, cuando me ve me la cierra en la cara, de pronto choco con la pared de la estación, caigo rendido, las bestias blancas ya están a mi lado, nada queda por hacer.
Había mil puertas para escapar del manicomio, justo elegí, la 99, la que no era para mi.
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